Maldito el día en que nacieron los supermercados. Echo de menos los tiempos aquellos del bazar de la esquina y de los paseos en el centro de Maipú con mis papás. Me acuerdo que para hacer las compras del mes en aquella época había que hacer un recorrido que tomaba alrededor de 3 horas. Había que ir a la tienda de abarrotes, luego a la panadería, a la rotisería, al bazar donde se encontraban los artículos de baño, etc. Como el recorrido era tan largo a medio andar a mi me daba sed (y supongo que a mis padres también) y me ponía a pedir un helado. En aquella época hacían 25 grados a la sombra y tomar un refresco era primordial, sobre todo para un niño de 4 años que además del calor debía aguantarse las 3 horas más aburridas del mes. Claro, en ese tiempo eran aburridas (y me imagino que ahora lo serían igual) pero con la perspectiva que dan los años las recuerdo con mucho cariño. Mis papás recuerdo que eran muy apretados y mis pataletas debían ser monumentales con tal de conseguir el objetivo. Supongo que lo hacían a propósito porque les gustaba pelear conmigo, si al final siempre terminaban gastando $10 en un helado Panda. Lo mío era pedir y molestar, nada más, y maravillarme con lo grande que era todo ese mundo para mi. Todo lo que veía eran piernas gigantes que sobrepasaban mi pequeña (pero valiosa) cabecita y que marchaban a ritmo tranquilo como sabiendo que no había necesidad de correr, que todo estaba ahí, y que no había más que buscar con paciencia lo requerido.Al frente del sitio donde íbamos a hacer las compras había un parque al que pocas veces fui, pero que por algún motivo aún tengo grabado en mi cabeza. Cuando terminaban las compras mis papás agarraban el Escarabajo '82 y luego de discutir un poco a veces decidían ir a la casa a dejar las cosas y, otras veces, a ir donde mi tía Jazmín donde, cuando los encontrábamos, me juntaba con el Michael y jugábamos horas y horas cualquier cosa. Me acuerdo que ahí conocí por primera vez el Nintendo que su papá le trajo de USA. Podíamos pasar horas y horas con el control en la mano, jugando Mario Bros 1, 2, 3, Super Contra y el primer DDR del que tengo memoria: un juego de atletismo en que se debía correr sobre una alfombra con circulitos de colores. Años después vendría el SNES y el Sega Génesis, todos donde mi tía Jazmín también. Así se podía pasar la tarde y muchas veces mis papás no lograban subirme al auto debiendo resignarse a ir a buscarme al otro día.
Y bruscamente de repente saltamos a los Ekono, MultiAhorro, Unimarc, Jumbo. Una lata. Había nada más que ir, entrar a un recinto de unos 2000 m² donde podías encontrar absolutamente todo. Era así como esas 3 horas de vitrineo por las calles del centro de Maipú se transformaron en 1 hora y media de recorrido por el supermercado y ya está. Siempre los mismos pasillos, la misma gente, encerrados en esas cuatro paredes de ladrillo.
Y ahora, 20 y tantos años después, en un país del primer mundo, no podía ser sino peor. Aunque ahora con la gran diferencia de no tener a mis papás al lado que me compren un helado. Pero la frialdad de un supermercado es algo que es igual en cualquier parte del mundo y, lo que es peor, te condena a estar siempre de algún modo teniendo que ver las mismas caras. En particular algunas que preferiría no ver tan seguido.

1 comentarios:
Jajaja asi se desarrollan las cosas, la verdad es que los negocios de barrio eran bacanes, con los dulces locales, y la libreta donde estaba fiado y se pagaba a fin de mes...
Ahora Paulmann y sus cerdos transformando todo en mega weas frias y caras mas encima..
Saludos
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